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SONABA LA QUEDA EN CATEDRAL Y TODOS LOS HABITANTES CERRABAN PUERTAS Y VENTANAS. ERA LA APARICIÓN DE UN ESPECTRO QUE LLAMABAN LA LLORONA

Cuenta la leyenda que a mediados del siglo XVI en la ciudad de México durante la época de la Nueva España, los habitantes estaban aterrorizados por aquellos horripilantes lamentos. Cuando empezaron a oír, salieron muchos a cerciorarse de quién era el ser que lloraba de ese modo tan plañidero y doloroso. Varias personas afirmaron desde luego, que era cosa de ultratumba. Salieron a investigar los que se armaron de valor y como resultado; unos murieron de susto, otros quedaron locos de remate y muy pocos pudieron narrar lo que habían contemplado entre escalofríos y sobresaltos.

Imagen extraída de Wikipedia

Una mujer vestida de blanco con el rostro cubierto, cruzaba calles y plazas de la antigua ciudad; alzaba los brazos con desesperada angustia, los retorcía en el aire y lanzaba aquel grito desgarrador que metía miedo en todos los huesos. Ese tristísimo ¡Aaaay!, levantándose ondulante y clamoroso en el silencio de la noche, se volvían alzar los lamentos en la quietud nocturna, desvaneciéndose entre las sombras.

Por una calle y luego por otra, rodeaba las plazas y plazuelas explayando el raudal de sus lamentos, al final terminaba con el grito más doliente, más cargado de pena en la Plaza Mayor, toda en quietud y en sombras. Esa mujer misteriosa se arrodillaba inclinándose como besando el suelo y lloraba con grandes ansias, poniendo su ignorado dolor en un alarido largo y penetrante; después se iba ya en silencio hasta que llegaba al lago y en sus orillas se perdía, desvaneciéndose en el aire como una vaga niebla o se sumergía en las aguas, nadie lo llegó a saber. El caso es que desaparecía ante los ojos atónitos de quienes habían tenido la valentía de seguirla, siempre a distancia.

No solo por la ciudad de México andaba esa figura fantasmal, sino que se le veía en varias ciudades. Atravesaba por los campos solitarios; ante su presencia espantaba al ganado, corrían como si los persiguiera, a lo largo del camino con la luz de la luna pasaba su grito. Se escuchaba su quejumbre lastimera entre el vasto rumor de mar de los árboles de los bosques, se la miraba cruzar llena de desesperación por la aridez de los cerros, la habían visto echada al pie de las cruces que se alzaban en montañas y senderos, caminaba por veredas desviadas y sentándose en una peña a llorar, acompañado con un lamento espeluznante. Después de un rato caminaba con lentitud por las orillas de los ríos hasta desaparecer.

La Llorona. Película de 1933 

Muchos afirmaban que esa mujer había muerto lejos del esposo a quien amaba, y que regresaba a verle llorando sin linaje de alivio, porque ya estaba casado; varios afirmaban que no pudo lograr esposarse nunca con el buen caballero a quien quería, pues la muerte no la dejó darle su mano, y llorando desesperada porque él andaba perdido entre vicios; muchos referían que era una desdichada viuda que se lamentaba porque sus hijos huérfanos estaban sumidos en lo más negro de la desgracia, sin lograr ayuda de nadie; otros sostenían que era una pobre madre a quien le asesinaron a sus hijos; gran número de gente estaban en la firme creencia de que había sido una esposa infiel y que, como no hallaba paz en el más allá, volvía a la tierra de los vivos a llorar de arrepentimiento sin alcanzar el perdón; y por último, no faltaba quien estuviese persuadido de que la tal Llorona era la célebre doña Marina, conocida como La Malinche, manceba de Hernán Cortés, que regresaba a este mundo por el gran arrepentimiento por haber traicionado a su gente.

En la actualidad, se dice que se sigue apareciendo en los lugares aislados, causando tanto pavor como hace siglos. Los de la provincia afirman la existencia de este ser espectral.

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